Crítica de X-Men: Apocalipsis. Tedio mutante

Decir que el género superheroico le debe a Bryan Singer y a sus mutantes prácticamente su existencia no es descubrir el fuego y menos al ver que dieciséis años después de la primera X-Men, la de Fox sigue siendo la única saga que puede presumir de mantener una continuidad y no haber recurrido a los tan infames reboots. Si bien con X-Men. Primera generación se esquivó en gran parte esta bala recurriendo a la precuela sin desdeñar (demasiado) las tres primeras entregas, X-Men. Días del futuro pasado dejó claro el intento de cohesión y adaptación al nuevo plantel de universo conexionado erigido por Marvel. La respuesta a cómo iba a continuar la saga después del éxito de Deadpool y el anunciado retiro de Hugh Jackman como Lobezno, piedra angular del universo mutante, parece contestarse en esta sexta entrega que sirve por una parte como una especie de conclusión a la precuela iniciada en Primera Generación y como un nuevo relanzamiento de cara a una nueva generación de mutantes, que en realidad son los rostros que ya conocíamos de la cinta del 2000.

 

X-Men. Apocalipsis nos sitúa en la década de los 80 cuando el mutante que da nombre a la cinta y villano en cuestión, encarnado por Oscar Isaac pintado de azul, despierta tras años de letargo dispuesto a crear un nuevo mundo dominado por los mutantes más fuertes en plena era Reagan. Para ello se rodea de los cuatro mutantes más poderosos entre los que se encuentran Tormenta (Alexandra Shipp), Mariposa Mental (Olivia Munn), Ángel (Ben Hardy) y Magneto (Michael Fassbender), por lo que el grupo de mutantes buenos liderados por Charles Xavier (James McAvoy) tiene que unir fuerzas con la renegada Mística (Jennifer Lawrence) y hacer frente a esta nueva amenaza. Si bien la X-Men de Singer aportó a la saga su carácter de metáfora política y  social así como reflejó el rechazo hacia “lo diferente” encarnado en la figura de los mutantes y lo continuó de manera magistral en su secuela, el relanzamiento por parte de Matthew Vaughn le añadió el importante contexto político a nivel global e histórico de  que hizo justificable la precuela al situarla en plena Guerra Fría, algo que se diluyó en Días del futuro pasado más allá de los viajes en el tiempo inherentes a la historia de la que partía y que en esta entrega se pierde prácticamente por completo. Los humanos pasan a estar en un segundo o tercer plano, hay tantas tramas, tantos personajes y tanto afán por intentar ser espectacular que poco importa la década en la que se ambienta la historia, cuando Apocalipsis entra en escena solo importan los mutantes, sus poderes y lo fuertes que pueden ser en función de los mismos.

Pero no solo los humanos desaparecen sino que los propios personajes que ya conocíamos se desdibujan y sufren víctimas del agotamiento de una saga que parece redirigirse en cada entrega de manera demasiado acusada. Cuando arranca la cinta vemos a Magneto llevando una nueva vida normal con su mujer y su hija, a Mística convirtiéndose en un símbolo de heroicidad involuntaria para los mutantes más jóvenes y a Xavier por fin entregado a sus poderes a su labor como alma mater de los jóvenes y descarriados alumnos de su escuela. El desencadenante que les hace salir de esta zona de confort se antoja, sin embargo, demasiado efectista una vez que el guión se empeña en colocarles a la fuerza en la situación propicia para sus propios intereses, es decir, sabemos lo que va a pasarle a Eric Lehnsherr para que vuelva a convertirse en Magneto o lo que va a causar que Scott Summers (Tye Sheridan) acabe siendo Cíclope, sin embargo el guión no se rebana los sesos en intentar emocionarnos pues parece más dispuesto a deshacerse de estos aspectos rápidamente y pasar cuanto antes a la vorágine de efectos generados por ordenador, trajes apretados que dejan poco a la imaginación y repetir las secuencias memorables que ya han funcionado en el pasado (véase la secuencia de Mercurio ahora más grande, más larga y más divertida, o la definitiva sí-pero-no conversión de Magneto en villano).

 

Por el lado de la espectacularidad la cosa tampoco brilla demasiado y se debe en gran medida al poco carisma de su villano. Sabah Nur es un villano tan poderoso como plano y su poder se basa en aprovecharse de mutantes descarriados y en hacer uso de su poder desmedido para ganarse el control del mundo amparado en el triste y manido argumento de ser una raza suprema y elevarse a niveles de divinidad, argumento que ya habíamos visto anteriormente en Magneto pero sin el factor humano que caracterizaba a este al haber sido él mismo víctima de la persecución durante la Segunda Guerra Mundial. En el lado de los buenos las cosas tampoco van mucho mejor y si bien Xavier sigue su camino hacia convertirse en el Profesor X nada evidencia que algún día acabaremos viéndole alcanzando el nivel de entereza y sabiduría de la que hacía gala la encarnación de Patrick Stewart, lo que no es tanto culpa de McAvoy como de una saga que va a intentar alargarse todo lo que pueda y cuya mayor evidencia es la incorporación del nuevo elenco  formado por Jean Grey (Sophie Turner), Scott Summers/Cíclope, Kurt Wagner/Rondador Nocturno (Kodi Smit-McPhee) y Peter Maximoff/Mercurio (Evan Peters). Con esta tercera entrega los X-Men llegan al final de su segunda trilogía y Brian Singer se apunta ya cuatro películas a los mandos, de las cuales dos destilaban amor y las otras dos un cuantioso cheque. La saga necesita nueva sangre no solo en forma de nuevos actores sino de un plan distinto, un nuevo enfoque y alguien que tenga de verdad algo que contar con estos personajes tan conocidos. Los tiempos cambian, y ya va siendo hora de que la saga de los mutantes lo haga también.

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